MEMORIAS DE UN FREAKY – Cap. 02

Mi Primera Comunión

por Francisco Corbacho

Gumersindo ha decidido contarnos su traumatizada primera comunión, sus recuerdos de juguetes, series y comics de 1981, como si nos importaran o algo, propongo una colecta para que vaya a una terapia de grupo y nos deje en paz.

Es hora de que cuente uno de mis mayores traumas infantiles, tan grande fue que casi dejo de comprar comics para siempre, sucedió en mayo de 1981 y, por culpa de los tebeos de Bruguera de Spiderman, tuve mi primera crisis ideológica. Pero comencemos por el principio que, desde que Image comenzó a publicar sus cómics, el recurso de la “in media res” se ha convertido en un tópico facilón.

Por aquel entonces, Martes y 13 eran tres y aparecían en un programa llamado Aplausos donde el invitado estrella era un dúo que se llamaba los Pecos; Ana Obregón era una actriz emergente que llegaría a la cima de su carrera rodando, años después, un capítulo del “Equipo A” (mucho antes de triunfar en su papel de bailarina de strip tease cuarentona); Benny Hill era una serie nueva de un rombo; Jesús Hermida presentaba un programa infantil llamado “La cometa blanca”; en la tele echaban dibujos animados como Tom Sawyer (que ya podrían reponerla) o el Señor Rossi (igualmente), y series como Grizzly y Adams (una de un oso y un cazador que se hacen amigos -¡!-), La casa de la pradera (esta serie que no la repongan, por el amor de Dios) y Con ocho basta; además, Emilio Aragón se llamaba por entonces Milikito y sólo tocaba el cencerro, por lo que era más soportable verlo en la tele y hasta tenía más gracia.

Como dije, desde lo último que os conté de mi infancia hasta este mayo del 81, había pasado poca cosa: un presidente del gobierno dimitía de su cargo (es la única vez que ha ocurrido), un guardia civil, pistola en mano, intentó dar un golpe de Estado (es la única vez que ha ocurrido) y Estados Unidos no sólo no veía como una amenaza a Sadam Husseim sino que, además, le parecía bien que tuviera armas de destrucción masiva y se las regalaba a espuertas (bueno, esto no es la única vez que ha ocurrido). Sin embargo, a mi parecer, lo más importante que me había pasado fueron otras cosas: por fin empecé a usar el bolígrafo (hasta entonces sólo había usado lápiz); había visto el Imperio Contraataca (nunca una película superó la emoción que sentí cuando vi cómo avanzaban por la nieve aquellos enormes camellos metálicos… lo más perecido ha sido hace poco, cuando vi en “Las dos torres” los momentos previos de la batalla); mi colección de comics había aumentado considerablemente y en la tele echaban “Los nuevos vengadores” (que no tienen nada que ver con los comics de “West Coast Avengers”), “Spiderman” y “EL INCREÍBLE HULK” (con Lou Ferringo rompiendo camisas y tirando enormes cajas vacías o rocas de cartón –y, créanme, eso nos resultaba de lo más espectacular-). Pero de todo esto, lo más importante de toda mi infancia estaba por llegar, este año iba a hacer la Primera Comunión.

Igual que hoy, la Primera Comunión era una especie de cheque en blanco para un niño. ¡Qué demonios! a quién iba a engañar yo, lo que más ilusión hacía no era recibir el cuerpo de Cristo, ni ser partícipe por vez primera del Sacrificio Incruento del cristianismo… En absoluto, lo que a mí más me interesaba eran los regalos. Nos pasábamos los días previos calculando qué regalos íbamos a pedir y ante tal abanico de posibilidades, he de reconocer que tenía el cerebro saturado. Junto a mi vecino Pancracio (que también iba a hacer la Primera Comunión) compusimos una lista de candidatos:

Estaban los madelman o, mejor, los geyperman que eran más grandes, más fuertes y más machos que los primeros, además, los geyperman tenían tebeos, donde descubrías que el negro se llamaba Brown (sí, sí, negro. A mí eso de afroamericano o afroespañol me parece más desafortunado porque: uno, condiciona tu nacionalidad. Dos, no existe el término euroamericano para los no indios. Tres, bajo esa regla de tres -es decir, nombrarte según un antepasado lejano-, todos los indoeuropeos debiéramos llamarnos mesopotámicoeuropeos. Y cuatro, la negra no es la única raza que hay en África… No seamos simplistas. Además, negro no me parece insultante, pues hace referencia -si es cierto que inexacta- a una peculiaridad física, totalmente falta de importancia, del mismo modo que decir rubio o pecoso. Si tiramos de las etimologías, también podemos decir que la distinción del color de la piel radica en la melanina y “mela” significa negro en muchas lenguas indoeuropeas. “De color” me parece otra expresión vacua. Todos tenemos un color, ¿por qué hay que eufemizarlo? No obstante, si alguien se siente ofendido, lo lamento, a mí el habla neutra -nada de políticamente correcta- se me da fatal, baste decir que mi trato siempre es educado y respetuoso, que es lo que cuenta y si no, ahí tenemos a Bush que habla muy políticamente correcto y no se lo piensa dos veces en bombardear países con otra cultura…)

Volviendo al tema de los juguetes, también estaban los Scalectrix, trenes silbatos, airgan boy… Pero entre todos ellos, destacaba uno por excelencia, el que considero el mejor juguete de todos los tiempos, o, al menos, el mejor juguete de todos mis tiempos: los clicks de Famobil, que después pasarían a llamarse los clicks de Playmobil. Éstos tenían todas las papeletas para encabezar la lista.

Sin embargo, Pancracio me enseñó un anuncio de periódico que copio tal cual se publicó:
“Grandstand. Juego programable de televisor: logre su tercer canal de juegos en su televisor. Cambie de juego sin cambiar de consola, con los distintos cartuchos.
El cartucho incluido en la consola contiene: fútbol, tenis, frontón, práctica de frontón, hockey, tiro al blanco (uno o dos jugadores), baloncesto, práctica de baloncesto y gridball. Con otros cartuchos, juegue a los formas de derribar ladrillos, sea piloto de carreras de Fórmula 1, practique el moto-cross, salto de obstáculos o el enduro, tire al pichón y al plato con fusil (incluido) hunda submarinos con su destructor, etcétera, etcétera. 10.500 pesetas.”

Aquélla fue la primera noticia que tuve de un videojuego, pero eso, como en la Historia Interminable, es otra historia que contaremos en su debido momento.

En fin, mi Primera Comunión estaba en marcha cuando, leyendo un tebeo de los Cuatro Fantásticos, más bien era de Spiderman en cuyas últimas páginas te solían colocar la primera familia Marvel, me percaté de una realidad: ¿Había hecho Franklin Richards la Primera Comunión? ¿Iban a misa los cuatro efe o Spiderman? Mira que D. Julio nuestro violento maestro había sido bien claro: si no se comulga, se va al infierno. Si no se va a misa, se va al infierno. Si no se confiesa, se va al infierno… era tan fácil acabar ahí y, la verdad, yo no veía que eso preocupara especialmente a estos cuatros. ¿Estaría leyendo un tebeo pecaminoso lleno de ateos? Entiéndase que, por entonces, yo no conocía ateos, de hecho, no conocí a ninguno hasta la adolescencia cuando me presentaron a dos grandes coleccionistas de tebeos, Sergio y Roberto. Hasta entonces, mi círculo amistoso era cristiano y tradicional. De este modo, me encontraba en una crisis bastante acuciante: ¿Y si Ben, Johny, Sue, Reed, Peter, y los demás eran ateos? ¿Tendría que dejar de leerlos? O, si elegía hacerlo ¿No debería dejar de hacer la Primera Comunión? Mira que el maestro había dejado claro que a partir de la Comunión ya no se podía pecar así como así.

Por un lado, sabía que había paganos e idólatras asquerosos en el universo Marvel como Thor o Hércules, pero, los otros, no sé, se les veía tan buenos muchachos…

No podía vivir con esa angustia, no podía confiarle esa duda a mi madre, porque lo mismo aprovechaba ese momento de crisis para que renunciase a mis comics, así que recurrí a mi maestro, D. Julio.

-D. Julio, si uno es muy bueno, siempre hace el bien por encima de todas las cosas, pero no hace la comunión, ni los sacramentos, ni va a misa… ¿No se libra del infierno?
-No, Gumersindo, irá de cabeza al infierno porque no ir a misa ni hacer los sacramentos es un pecado tan horroroso como matar.
D. Julio vio mi expresión de terror y preocupación, así que me preguntó.
-porque tú harás la comunión, ¿no?
– Pues la verdad, no sé
Frunció el ceño, cogió la regla y me calentó la mano a reglazos hasta que solté un“sí” categórico.

-Y no se te ocurra hacer una trastada en la misa delante de todos los padres, porque además de ir al infierno, acabarás con la palma de la mano sin piel ¿entendido?

D. Julio llamó a mis padres y no sé qué les dijo, pero mi madre me dio una larga y seria charla sobre el cielo y el infierno y, finalmente, sobre los juguetes que no recibiría. Años después averigüé que había habido un antecedente en mi familia durante la Comunión, un primo mío había echado a perder la comunión de todos los niños, nunca supe exactamente qué hizo, ese tema es tabú en mi familia aún hoy en día. Supongo que eso explica parte de la salvaje reacción de D. Julio, la otra parte la explica el que ese desgraciado siempre reaccionaba salvajemente ante cualquier contradicción a su palabra.

Estaba decidido. No iba a comprar más comics. Ya los miraba con nostalgia, apilados en la repisa, arrugados y doblados. Entonces entró mi primo Gregorio. Pese a que tenía sólo dos años más que yo, para mí era el equivalente a un adulto, así que le confié mi crisis.

-ven conmigo –me dijo. Fui a su casa y me enseñó unos tebeos donde aparecían los cuatro fantásticos casándose en una iglesia y, entre los invitados, estaban un montón de superhéroes (¡hasta Superman!) que ayudaron para que la boda no la chafase el cabrito del doctor Doom. Además, me enseñó un tebeo donde se enfrentaban a Mefisto (el demonio) y le vencían, lo que les convertía en unos santos.

Mi crisis desapareció en un plis plas. No tenía que elegir, así que hice la Primera Comunión y, en el convite, me regalaron un montón de estúpidos “Recuerdos de mi primera comunión” con plumas blancas y crucifijos dorados, libritos de “mi primera comunión”, libritos de santos, comics de santos, una caja de rotuladores y ni un puto click. Bueno, por lo menos, mi amigo Pancracio acabó más desilusionado, porque en vez del videojuego, le regalaron un estúpido disco de Enrique y Ana. Y sí, eso de “mal de muchos, consuelo de tontos” me convierte en un tonto, pero en un tonto consolado.
(continuará)

Artículo publicado en The Dreamers por termita dorada el 18 de Junio de 2003

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