MEMORIAS DE UN FREAKY – Cap. 03

Los Comics de Chicas

por Francisco Corbacho

Gumersindo nos cuenta aquellos olvidados, desaparecidos y desconocidos comics que nosotros los hombres nunca leímos. Además, nos explica por qué los freakys son como Hulk, siempre están solos.

El freaky es un machista. La cosa es así de dura, aunque nosotros no queramos verlo, tratamos a las mujeres de forma distinta que a los hombres. En nuestra defensa diré que no es un machismo al estilo Alfredo Landa o John Wayne (y ya que estamos con el vaquero, quisiera añadir que nunca he entendido que consideren símbolo de macho a un tipo que viste camisa rosa, lleva un pañuelo en el cuello y camina con el culo abierto). Nuestro machismo es diferente, reflexioné sobre ello leyendo unas páginas de Cels Piñol donde una mujer entraba en una librería especializada y al lado había un freaky-bot. El comportamiento del androide, aunque exagerado, no iba desencaminado. Las mujeres para los freakys son como seres de otras esferas de realidad, estoy seguro de que un vulcaniano sería aceptado con más naturalidad en una librería especializada. Es por motivos parecidos a éste por los que el freaky es un alma solitaria, dedicada a la compilación de numerosos comics. Sólo hay dos maneras de librarse de la maldición, una será renegando de su afición por otras socialmente más aceptables como el alcohol o el tabaco. Pero en mi caso, eso está fuera de mi alcance, imagínense, si no dejé de coleccionar los X-MEN ni siquiera cuando los guionizó Lobdell…

La otra opción es la de llevar una doble vida, procurar que tu pareja nunca descubra que eres un freaky, algo parecido a lo que hace Clark Kent con Superman. Es lo que hago yo, fíjense, en los cinco años y pico que llevo casado con mi mujer, ella no sabe todavía que en realidad uso gafas.

Pero no nos desviemos del machismo, una ventaja que tiene el nuestro, es que a esto sí le podemos echar la culpa a la sociedad. En nuestra infancia se procuró todo lo posible para facilitar una sima entre ambos sexos: colegios de niños, colegios de niñas; deportes de niños, deportes de niñas; juguetes de niños, juguetes de niñas; tebeos de niños, tebeos de niñas… Esta separación la aceptaba el niño culturalmente y reafirmaba su personalidad integrándose profundamente en su grupo, así, el niño era también misógino. Por eso, en mi barrio por ejemplo, había una separación geográfica para los sexos, en una acera jugaban las niñas a la comba, los cromos, el elástico o las palmitas y en la otra jugábamos los niños a poli ladro, el bote, la guerra, las chapas o la lima. Y ¡ay! de aquél que cruzara ese telón de acero que separaba ambos mundos, si cambiaba de bando y se iba a la acera de enfrente, se convertiría en un apestado, en un paria, en un mariquita; porque, además de misóginos, los niños éramos homófobos (no esperéis una actitud madura entre niños de diez años). Aquello le pasó al pobrecito de Rigoberto que cuando fue visto jugando al elástico, condenó su infancia irremisiblemente.

De hecho, yo mismo tuve que sufrir algo parecido. Sucedió en 1982, por entonces, el único Logan que conocíamos no tenía garras, sino que era un fugitivo del futuro; España ganaba por primera vez un Oscar, estrenaron E. T., todo el mundo quería ser un vaquero como el tío Zebulon Macaham y todos los niños teníamos como mínimo una camiseta de Naranjito. Claro que hay cosas que no han cambiado mucho, como el papel de la selección española en los mundiales, los discursos de los políticos o la inteligencia de Drew Barrimore.

Mis vacaciones habían empezado antes de tiempo. Verán, en aquel año visitaba el Papa por primera vez nuestro país y yo escuchaba por primera vez una palabra que me inspiró para un cómic: papamóvil. Así que creé a Papamán (así, con tilde y todo) un humilde periodista de la hoja parroquial se disfrazaba por las noches del justiciero inmaculado para llevar la justicia y el modo de vida cristiano por las calles de Vaticanópolis, con la inestimable ayuda de Monaguillo y sus muchos recursos como el papamóvil, el papacóptero, la papacueva (donde había un dragón de S. Jorge, una enorme estampita de S. Pancracio y una oblea gigante) llevando finalmente la paz a base de hostias (de las consagradas, cuidado). Se lo pasé a mis amigos y algún chivato se lo llevó a D. Julio.

El cómic acabó en la basura y yo en la enfermería. El muy salvaje había roto la regla contra mi mano que, por solidaridad, también se rompió. Me libré de hacer exámenes y deberes escritos y solventé las preguntas orales gracias a la tartamudez que, no sé por qué, había desarrollado en los últimos años, así que aprobé el cuarto curso. También ayudó el pacto que el profesor hizo conmigo de aprobarme a cambio de que yo dijera a mis padres que mi lesión me la había hecho jugando en el patio.

Terminé antes de tiempo y vagueé mucho por entonces. Pero ocurrió la verdadera desgracia, no sé qué hice, pero me gané las iras de mi cruel hermana mayor. Aquí descubrí una diferencia entre los hombres y las mujeres. Si mi hermano se cabreaba conmigo, venía, me pegaba y fin. Si yo me cabreaba con mi hermano, venía, me pegaba y fin. Pero si mi hermana se cabreaba conmigo, ella esperaba y, después, atentaba contra algo mío a lo que yo le tuviese verdadero aprecio. Le tocó a mi álbum de estampitas de Mazinger Z. Era mi tesoro (maldita hobbit). Acabó hecho trizas, aquella serie había calado profundamente en mi generación. Todavía se me pone el vello de punta cuando recuerdo al robot gigante saliendo de la piscina. Grité, me enfurecí, y, de haber absorbido alguna radiación gamma, seguro que toda la ciudad hubiera lamentado amarga el que hubieran destruido mi álbum.
“Me vengaré” dije, intentando poner la voz del doctor Muerte.

“No te preocupes, Gúmer, yo te conseguiré un tebeo de Mazinger Z” dijo mi madre, aplacando mi ira. A decir verdad es que mi álbum estaba en un estado deplorable y un tebeo nuevo del robot gigante por excelencia era algo que no se podía desdeñar fácilmente. Llegó la tarde y mi madre, con toda su buena intención, me entregó el tebeo de Mazinger Z. Lo cogí ilusionado y no daba crédito a lo que vieron mis ojos. Ése no era Mazinger Z. Era un robot hortera que ni siquiera tenía un parecido al de la tele. ¿Dónde estaba su fuego de pecho? ¿Y el conde Bloque? ¿Quién era ese nazareno que no salía en la tele y que se llamaba Misterio M? Mi ira no se renovó inmediatamente porque aun pese a mis diez años, sabía que mi madre me lo había comprado con toda la ilusión del mundo y no quería desengañarla. Fingí alegría y decidí esperar mi momento. Como haría el Motorista Fantasma (Bueno, la verdad que él lo que haría sería prender fuego a la habitación de mi hermana e irse riendo…)

Llegó el momento. Mi hermana se había marchado, así que invadí su dormitorio y eché un vistazo para ver cuál sería el objeto de mi furia. Me impacientaba, porque ahí no había algo a lo que realmente nadie le daría importancia: Nancys, Barriguitas, recortables y una cabeza de muñeca tamaño natural (lo juro, la tenía, solía peinarla y maquillarla, pero a mí me daba grima verla. Creo que se llamaba Lady algo)… Al final mi búsqueda halló su fruto: mi hermana tenía unos comics, de niña, pero comics al fin y al cabo. Había de muchos tipos, unos se llamaban Lily, otros Esther y otros Janna. En fin, nombres estúpidos y no como “Los Micronautas”, “Dan Defensor” o “Supersonicman” que sí eran nombres chulos. No recuerdo cuál cogí de aquel ridículo montón, sólo sé que en la portada había una foto de los Pecos.

Mi primera intención había sido romperlo, aquello hubiera sido una feliz idea que me hubiese salvado del desastre; pero no, yo quería esconderlo para angustiarla y chantajearla al estilo villano de toda la vida. Como ella conocía todos mis escondites secretos (que sólo eran dos: dentro del sofá-cama y detrás de los cajones de los calcetines) decidí esconderlo en la calle. Aquello fue mi perdición. Salí con ese tebeo y, desgraciado de mí, un imbécil me vio. Si me hubiera explicado con celeridad, quizás hubiera podido salvarme, pero en lugar de eso, lo único que se me ocurrió fue huir. Ya era tarde. Estaba apestado.

Me llevé todo el maldito verano escuchando risas que me llamaban “mariquita”, además, todo esto había sido para nada, porque mi hermana ni siquiera se percató de que le faltaba un cómic y, para colmo, Rigoberto quiso ser solidario conmigo. Me recluí en mi casa y estuve sin salir semanas, aburriéndome. En la tele sólo echaban fútbol y telediarios. No podía más. Tenía que ser como la Masa, enfadarme mucho un día y perder los estribos. Lo había decidido, el primero que me llamase mariquita, rompería mi camisa, mis calzonas y me liaría a leches con él, además, yo era como los tebeos de Zarpa de Acero, no porque pudiera volverme invisible, sino por lo de la prótesis esa, yo tenía un poderoso “vendaje con hierros” que despertaría el terror en el corazón de mi enemigo.

Por desgracia, el primero que me dijo mariquita era más grande, más fuerte y mayor que yo. No obstante, tenía fe en mi zarpa de acero y decidí retarlo el día d (sábado) a la hora h (después del “Show de la Pantera Rosa”).

Llegó el día, fui furioso hacia mi adversario y ahí me di cuenta el mérito que tiene Dan Defensor por esquivar todos los golpes sin ningún sentido arácnido. Lo único que pude hacer fue golpear con los ojos cerrados a ver qué pasaba (mira por dónde, en eso sí me parecía a Dan Defensor). Y pasó. Lo cabreé más todavía y me pegó más fuerte. Yo seguía con los ojos cerrados y pegando con la técnica del molino, hasta que le alcancé con mi zarpa en no sé dónde. Me dolió a mí más que a él. Pero que mucho más.

Al final mi lesión se resintió, pero frente al barrio dejé de ser un mariquita y ascendí a pardillo. De mi adversario, bueno, después de esa pelea, estuvimos enfadados un tiempo, pero al final aquello acabó más olvidado que los tebeos de Jan Europa. Pude seguir odiando a las niñas con mis amigos y despreciando al pobre Rigoberto que, aunque se llevó una infancia de mierda, en la adolescencia se convirtió en nuestro ídolo conquistador.
La de vueltas que da la vida.

Artículo publicado en The Dreamers por termita dorada

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