MEMORIAS DE UN FREAKY – Cap. 06

LLEGAN LOS VISITANTES

por Francisco Corbacho

Nuestro amigo Gúmer nos cuenta lo único que es verosímil: quizás se trata de un visitante que se alimenta de cobayas, algo no muy alejado de cualquier freaky ¿no?

“Ingresado en el hospital un niño de trece años que intentó tragarse un ratón vivo”

En 1985 este titular se repitió hasta la saciedad en las páginas de sucesos de los periódicos. Cualquier persona que haya nacido antes de 1979 sabrá por qué. Fue algo como aquellos niños que saltaban por la ventana para salir volando cuando se rodó Superman. Algo relativamente común…
Sí, vale, vale, lo reconozco. No fue algo tan común. Era una cosa bastante estúpida. Pero que quede claro que yo nunca salté por ninguna ventana para parecerme a Superman ni me tragué nunca un ratón.

Lo que me tragué fue un hámster, que es muy distinto.
Antes de que me crucifiquéis y penséis, “mira el freaky este, ya de chico lo flipaba” quiero aclarar unas cuantas cosas. La situación fue muy distinta, había que estar ahí para entenderlo. Os voy a poner en precedentes…

Todo sucedió en 1985, por aquel entonces había gente que pensaba que Lorenzo Lamas iba a ganar un óscar; Kiko Veneno salía en un programa infantil; Lobezno decía “sapristi”; David Hasselford prefería un buen coche a unos implantes de silicona; al Un, Dos, Tres no se le consideraba un programa cultural (aunque por entonces era igual de penoso) y Estados Unidos ayudaba a los países africanos con canciones como “We are the world” en vez de con bombardearlos masivos. Claro que ya por entonces había muchas semejanzas con nuestro presente, como por ejemplo, Arnold Schwarzenegger ya era un androide que apoyaba la destrucción masiva de los seres humanos.

Pues en ese extraño y lejano mundo me movía yo. Todo empezó en febrero. Habían pasado mis vacaciones preferidas, de las navidades sólo quedaban los roscos de vino y mi “Roblock” de Tente ya había perdido unas cuantas piezas bajo la lavadora. Es cierto que quizás pueda parecer infantil que a esa edad todavía pidiera juguetes a los Reyes, cuando hoy en día, un niño de doce o trece años ha matado a algún adulto o ha violado a una chiquilla. Pero eran otros tiempos, en la preadolescencia íbamos perdiendo la inocencia más lentamente, por ejemplo, yo veía Barrio Sésamo y el Planeta Imaginario a la vez que tenía en mi carpeta fotos de C. C. Catch y mentía diciendo que había visto “Los Albóndigas en remojo” en el cine.
El tema de moda era la OTAN y hasta de chicos hablábamos de lo erróneo que era entrar en ella, todos habíamos visto esa escalofriante película, “El día después” y el fin del mundo por una guerra entre los rusos y los yanquis era un argumento muy recurrente, de hecho, en el cine habían estrenado “Amanecer rojo” que iba sobre el tema.

Pero el 27 de enero de 1985 nuestra vida no volvió a ser la misma. Es cierto que ese año emitirían el repertorio de series favorito de cualquier freaky (El Gran Héroe americano, la bola de cristal, el coche fantástico, Dragones y mazmorras) pero sobre todos ellos estaba la que más sensación causó: “V”.

La serie se hizo muy popular, no recuerdo ni siquiera algo que lo haya superado desde entonces: en los quioscos vendían chucherías en forma de ratones y gusanos, caretas de lagartos, bautizaban a bebés indefensos con el nombre de “Dayana”, Pepe Da Rosa le compuso una canción a la serie y en muchos pueblos apedreaban a los repartidores de butano por vestir igual que los malos.

Eso fue un pelotazo. Todos hablábamos de la serie, trataba de unos extraterrestres que invadían la Tierra y de una resistencia que había descubierto que, en verdad, su aspecto humano era un disfraz que ocultaba a unos terribles lagartos humanoides. Nunca habíamos visto algo parecido. Entre los extraterrestres había uno bueno y vegetariano, era mi favorito, cuando después el mismo actor hizo de Freddy en Pesadilla, me convertí en un incondicional de Robert Englund (que era así como se llamaba).

Esa serie era un oasis para los freakys (la mayoría de las series que antes mencioné se estrenaron con posterioridad) y lo único bueno que podía decirse de la televisión de por entonces es que no emitían “Ana y los siete”.

Bien, pues por aquel entonces, coincidió con el matrimonio de una prima mía que vivía en un pueblo olvidado de la mano de Dios.

Así que se emprendía una verdadera odisea, entiéndase, en los años ochenta, lo que las familias de clase currante solían tener eran los ciento veintisiete o el seiscientos, si acaso, un SIMCA. Seguramente existían por ahí buenos coches, yo los llegué a ver por ahí aparcados, pero era algo así como Neil Adams para los setenta, algo que estaba bien pero que era la excepción, a la hora de la verdad todos solíamos viajar en el Dave Cockrum de turno.

Ese mismo sábado por la mañana, mis tres hermanos y yo nos encajamos en el asiento trasero de un coche sin aire acondicionado ni ventanillas traseras para un largo trayecto en unas carreteras por las que algunas cabras todavía podían encontrar pasto (entiéndase que estamos en la Andalucía de mediados de los ochenta).

Después de alguna parada en alguna venta para comer algo y otra parada para vomitarlo, conseguimos arribar a ese pequeño pueblo de cuyo nombre no puedo acordarme.

Teníamos el tiempo justo de saludar, ducharnos, saludar a los que antes no habíamos saludado, arreglarnos, volver a saludar a todo el mundo, ir a misa, saludar a los que veíamos en misa (la parte esa de dar la mano se volvía eterna) y, tras saludar a la familia del novio, ir todos juntos en distintos coches a distintos lugares para un mismo convite (los típicos desaparecidos en combate por los malentendidos de turno).

Finalmente, conseguimos ir a la fiesta. Era la primera boda a la que acudía, así que para mí se tornaba en una especie de Primera Comunión pero que servían también bebidas alcohólicas. Mi plan de diversión era el típico: mezclar las caseras, doblar las cucharas, beber algo de vodka para contarlo después a los amigos como gran logro y bailar con algunos mayores borrachos.

Pero entonces la vi: una cámara de vídeo. Nunca había visto una tan de cerca y la portaba un primo mío de mi edad. Como diría el doctor Doom, los recientes acontecimientos hacen que no desaproveche esta oportunidad para cumplir con mi destino. Si nunca has soñado ser guionista-director-protagonista de una película de acción, es porque no eres un freaky y, por tanto, no deberías continuar leyendo esto. Rodaríamos una película en vez de una estúpida boda.

Jugando a los clicks había aprendido las nociones más básicas de efectos especiales, por lo que me erigí como el guionista-director-protagonista de una película de extraterrestres titulada “B”.

Al igual que en mi serie favorita de entonces donde la escena cumbre era cómo “Dayana” se tragaba un ratón, la mía sería semejante, me tragaría un hámster de mi primo (el convite se celebró en la enorme casa de mis tíos). La escena era un juego de planos donde yo abría la boca generosamente (tengo una boquita de piñón de Gibraltar) y colaba lentamente al animal tras ella, pero coincidiendo en la perspectiva de la cámara. Durante un tiempo, cuando el hámster estaba en su punto más alto y yo mantenía la boca abierta, el bicho sí se encontraba sobre mi caverna. En ese momento alguien vio que podía ser gracioso golpear mi mano. El hámster se coló en mi boca, asomando la cabeza por ella y arañando el cielo y el paladar. Nunca supe que tenía esa capacidad de convocar tanto silencio entre tanto jolgorio. ¡Gumer! Escuchaba gritos a mi alrededor, escupí el bicho por fin que se escapó mojado bajo la puerta al jardín de fuera.

“Copito” gritaba el dueño desesperado mientras yo estaba de rodillas escupiendo sangre y aguantando las ganas de llorar.

Fui al hospital y a partir de ahí, todo lo facilita cierto periódico del mes de febrero de 1985.

Todavía mi prima me echa en cara que le aguase su boda y mi primo sigue culpándome de la muerte de su hámster a manos (o, mejor dicho, a hocico) de su enorme mastín (el destino de copito era morir tragado por alguien, eso estaba claro).

Durante un tiempo estuve tomando un jarabe que estaba asqueroso y que me provocaba cagalera, me libré del colegio durante unos días y a la vuelta fui protagonista durante un tiempo en el patio por salir en el periódico.
Es curioso, en aquella era hibórea de los ochenta si querías ser popular tenías que hacer algo muy parecido a lo que se hace hoy en día: trágate algo asqueroso, da igual que sea un mamífero o la lengua de una famosa que pudo ser amante del padre de Franco.

Artículo publicado en The Dreamers por termita dorada el 13 de Junio de 2004

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